Opinión

Una ridícula desunión

Decía el más respetable soñador de la edad contemporánea española, Jose Antonio Primo de Rivera, al que por cierto todos los numerosos bandos del principio de nuestra guerra estuvieron tácitamente de acuerdo en que desapareciera, algo tan bello y tan preciso como que “España era/es una unidad de destino en lo universal” o no es/era ni será nada. No se puede pedir una definición más exacta de la historia de España y su camino de supervivencia: estar unidos todos, con independencia de la localización geográfica en el mapa español, para llevar a cabo un destino grandioso y glorioso de presencia e influencia universal conjunto y sin fisuras. Resucitar aquella España grande y grandiosa de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II o caer y permanecer odiosamente en la mediocridad en que estamos  desde hace casi dos siglos. Mediocridad que no ha desembocado en la destrucción y disgregación de España merced a un largo y continuado rosario de militares ilustres y patriotas, más o menos acertados (Riego, Elío, Torrijos, Diego de León, Espartero, Narváez, Serrano, O’Donell, Prim, Martinez Campos, Primo de Rivera y Franco), que no ha sido verdad nunca que esos soldados patriotas pretendieran el poder por ambición dictatorial y autocrática, sino que se vieron obligados a intervenir por la mediocridad e inutilidad de los políticos durante todo ese período.

Todos aquellos gigantes Cortés, Pizarro, Orellana, El Vasco, Valdivia, Legazpi, IUrdaneta, Garay etc… no se preguntaron jamás ni menos se les ocurrió enfrentarse unos con otros en función de su procedencia geográfica peninsular; les guiaba un sentido de grandeza que contrasta tantísimo con este enanismo actual que padecemos. Enanismo que se ha despeñado la semana que termina en el más espantoso y repugnante ridículo de la nación española, zarandeada reiterativamente por tres estupideces, como si de grandes catástrofes se tratara: todo lo relativo al famoso máster de de la Presidenta madrileña Cifuentes, el exilio errático y cada día que pasa más “respetado” y “respetable” en instancias internacionales del fugado Puigdemont y el incidente grosero familiar protagonizado por la “poco” Reina Leticia contra su ejemplar suegra, la Reina emérita Doña Sofía, auténtico y respetabilísimo sostén de la Monarquía española.

Tres estupideces sobre las que no merece que nos extendamos aquí más aún de lo que ya lo han hecho y siguen haciendo los encantados medios de comunicación/deformación de la opinión popular. Simplemente reseñar la baja estofa de estos tres memos problemas que no deberían afectar a una nación grande como esta pobre España fue y desde luego ya no es. Hasta en otro ridículo, internacional éste, cual es la depuración/barrido de espías rusos instalados en las embajadas de Moscú en Occidente, se ha puesto de manifiesto la pobreza de la presencia y dimensión universal de España. Sólo hemos podido expulsar, en estúpido “conchaveo” con nuestros poco amiguetes euroatlánticos, o ¡dos! espías, lo que parece indicar que no representamos  para el terrible oso ruso el menor riesgo.

Un oscuro juececillo autonómico alemán ha puesto a nuestra cacareada democracia en el más espantoso de los ridículos, magnificando la figura de ese más oscuro Puigdemont, que lleva a camino de ser convertido en el político exiliado más importante de la historia de España. Y no hay reacción fulminante y de proporcionada dimensión ante el poder alemán de nuestro omiso poder en todas sus vertientes. No se planta en Berlín nuestro “poco o casi nada ” Presidente Rajoy, para decirle de palabra, alto y fuerte, a la Cancillera Merkel que el pueblo español no va a tolerar la ofensa inferida por el juececillo. Sólo hubiera salvado nuestro orgullo gritar a los cuatro vientos que o nos devuelven al traidor Puigdemont inmediatamente o abandonamos esa Unión europea que de unión no tiene nada. Pero, el que se planta en Berlín agigantando su figura de político perseguido es el catalán fugado para dar ruedas de prensa.

Las otras dos tonterías deberían haberse resuelto en horas. La Presidente Cifuentes  lo de menos es que se muestre  dispuesta a dimitir políticamente o no; lo que debería haber hecho ya es desaparecer de la vida pública con dignidad y silencio, ya que sea por lo que sea y como sea, no ha hecho ese máster como debía. Punto. Y el Rey Felipe VI debería haberse apresurado a decir algo inteligente en favor de su madre, a la que debe cuanto es, y criticando claramente la actitud de esa esposa a la que nunca debió exaltar al trono. Pero, nada de nada; sólo confusión reiterativa mediática, sin que nuestros personajes en la cumbre hagan ni digan nunca lo que deben en favor de España, que ha sustituido “la unidad de destino en lo universal” por “la desunión ridícula y miserable del destino doméstico”.

Manuel Monzon  

10 abril, 2018

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