Opinión

La Navidad en soledad

No existe enfermedad peor ya que su único alivio es la compañía cariñosa y ese es medicamento que no puede adquirirse en ninguna parte cuando se quiere o necesita. Los muchos, y por otra parte eficaces, servicios sociales no sirven  contra esa “premuerte” silenciosa y solitaria. No es la compañía de extraños con buena o bonísima voluntad ya que es el cariño de los que quisiéramos y nos lo niegan lo que necesitaría el enfermo de este azote mudo e inhumano. Y no digamos si con él llega la condena de la ancianidad indefensa y achacosa, junto al acompañamiento de sentirse culpable y merecedor de semejante castigo. Me explico.

¿Y cómo se llega a tan penoso estadio? . Pues tras un largo camino desde una niñez desgraciada. Una niñez azotada en los terribles años de la guerra civil, la posguerra y la segunda guerra mundial por la pobreza, la necesidad y el mal talante de los mayores de entonces que, ante tanta necesidad material, no estaban prioritariamente para atenciones con los más pequeños. Esos pequeños que crecieron entre la tristeza y el miedo de la pobreza y el abandono de unos mayores que habían de ocupar su tiempo en luchar contra la necesidad.

Semejante desgraciada niñez comportó que el cariño no sentido se identificó con una especie de amargura y miedo infantiles desgraciadamente convertidos en incapacidad para dar ese cariño no recibido y sin saberlo anhelado. La suma de ambas carencias, la de dar y la de por recibir, llevó a tanto desgraciado menor a una actitud vital de huir sobre todo de pobreza y necesidad sin que lo primero para esos miedos fuera la búsqueda del cariño, sino sólo el de la seguridad. Ello se concretó en matrimonios sin amor, tarados desde el comienzo con la desagradable consecuencia de que el/la cónyuge se volcara con su familia, dejando al solitario en el horror del abandono de la familia propia y la ajena; y las ganas de huir otra vez  hacia Dios sabía donde.

Matrimonios rotos e hijos en manos del o de la cónyuge abandonada y resentida junto a la familia no azotada por el solitarismo, y carrera a la búsqueda de esa compañía segura, tantas veces confundida con episodios simplemente lujuriosos, que no hay peores antídotos contra el miedo que la mentira y la lujuria. Episodios que en la madurez pudieron parecer suficientes pero que a la vejez se mostraron/demostraron inútiles para combatir la tragedia de la soledad y sólo útiles aún más de aquellos a los que se debía haber querido de verdad y haber recibido de ellos cariño y amor verdaderos.

Un último matrimonio, adobado por la incompatibilidad con la descendencia de la tardía y nueva cónyuge fatalmente había de desembocar en la imposibilidad de encontrar, dar y recibir ese amor  y cariño desconocidos desde la niñez y unión posterior desgraciada. Así ni la familia inicial propia, ni la de la primera unión ni menos la de la última. Sólo, valga la redundancia, SOLEDAD sin posibilidad, desde la amargura y hasta a veces el odio, de dar ni recibir. Un espanto que únicamente parece soluble con la muerte inmediata y rápida. ¿Feliz Navidad ? ¡Vamos!

Manuel Monzon

27 diciembre, 2017

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